03 September, 2016

Relato. “Con todo, pese a todo, amanezco”. Por Marcos arcaya Pizarro

Relato de Marcos Arcaya Pizarro

 

 

 

Me reencontré con algo que escribió Harsey y recordé a Godoy. Me acerqué cuanto pude a esa cisura, puse un ojo y me asomé. La Máquina Cóndor (mi Caja Madre, mi Glory Hole) es el artilugio que proyecta la imagen contra el muro. Acérquese, abra la boca.  

*

Una mañana de mi infancia, en la escuela, leí un relato acerca de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Fue toda una conmoción para mi corazón de niño-corazón de pájaro.  Desde entonces, de vez en cuando, recortes de escena se me aparecían como un borrón de pesadilla y no lograba determinar ni tan siquiera si la evocación correspondía a un recuerdo real. Si no busqué el escrito fue porque creí inútil perseguir un eco por lo bajo; sobre todo terminé por jurar que seguramente se trataba de algo insípido, capaz de remover sólo la poco cultivada sensibilidad de un niño pobretón y pueblerino. Ahora creo saber de qué relato se trataba. Lo tengo frente a mí. De hecho, es una famosa crónica y se llama, tal cual, Hiroshima; su autor es John Harsey.

Escucho, venido de antaño, un batir de alas que son manos tiernas pasando de página.

No puedo leer, la inquietud me sobrepasa.

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El profesor que nos hizo leer Hiroshima y enfatizó que todo aquello era cierto creo que fue Godoy. No recuerdo su nombre. Gracias al miedo que le teníamos a Godoy no volaba ni una mosca mientras nos leía, y nosotros seguíamos la lectura en nuestro libro porque no existía otra cosa sino aquello que se nos contaba, y no había salón ni compañeros ni profesor ni pupitre ni dedo indicando un reglón ni reglón ni libro ni la voz del profe. Si evoco el miedo ante su figura, entiéndame, señora mía, lo hago sin ningún afán de crítica, por el contrario, yo agradecía entonces el silencio alrededor de las lecturas, y lo agradezco todavía más ahora, con los ojos que miran para adentro. Era una de las pequeñísimas muescas de luz que aparecían de la nada, como pixel atascado, perforando lo admisible del paisaje: el terral del pueblo, sobre las baldosas empujadas por raíces, detrasito de la nuca de un viandante, en un gesto de mi madre en la cocina, en el chirrido de las puertas de El Rocha. El ritual de la lectura con Godoy nos permitió cruzar una línea que fue un primer amago de adiós a la infancia, al grupúsculo de amigos, al pueblo, a la familia, a las palabras más propias con su acento, al hedor del cuerpo, a las manos tiernas.

*

Una tarde apareció Godoy en la casa de mis padres. Mi reflejo: inquietud. Saludos de ida y vuelta entre ellos, no para mí. Godoy cargaba con algo. Yo tan pájaro y medio ciego no caía en cuenta de qué se trataba esa mochila. Pues bien, no era otra cosa sino el equipo estándar para fumigar los bichos. El ilustre profesor era también el fumigador del pueblo. Godoy y mis padres hablaban con soltura, como conocidos de bien lejos. Fui invisible en la escena, espié desde mi posición enana y vuelve a mí ese placer de estar frente a un maquetado imposible.

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La última vez que vi a Godoy tenía yo unos 18 años y él estaba cano, aunque apenas un poco más viejo. Él necesitaba la voz en off para algún tipo de grabación. Me buscó porque yo hacía en vivo los comerciales de un par de programas de radio en una de las emisoras locales. Cumplí con el trabajo. Eso fue todo. ¿Qué más recuerdo del ilustre? El terno pelusiento, la varilla que usaba en la escuela para dar los correctivos a los irrespetuosos, sus enormes fosas nasales, la voz profunda y serena, la modulación exagerada, el volumen alto cuando correspondía, su olor a vino. ¡Y hay que ver tamaña fantasmagoría proyectada desde la Máquina Cóndor!, pues todo esto se anuda al dibujo de un paracaídas con su carga de muerte, cayendo del cielo, sobre una ciudad en cuya calma se anuncia la ruina.

Escrito de Marcos Arcaya Pizarro